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La vida es compleja. No tiene un derrotero definido y fijo al cuál seguir. Las circunstancias cotidianas se nos presentan de las más variadas formas conduciéndonos permanentemente a situaciones inesperadas, a la toma de decisiones y a la búsqueda de nuevos rumbos a cada momento.
El anhelo de conocer lo que habrá de ser o de tener certezas para el día de mañana parece que es bastante primario en el corazón humano. La búsqueda de la voluntad divina ha sido uno de los fundamentos principales en los que se han sustentado las grandes religiones a través de la historia de la humanidad.
Así que es posible que en medio de alguna situación adversa nos encontremos tratando de buscar el sentido general de las cosas que pasan. Evidentemente tenemos mucho que aprender de los sucesos que enfrentamos día a día, una reflexión crítica acerca de lo que somos y hacemos es sumamente necesaria en cada circunstancia. Sin embargo, me parece que tratar de encontrar una fórmula sencilla que nos haga comprender como funciona la vida y como obtener las metas que queremos lograr en ella es infructuoso y prácticamente imposible. Me pregunto siquiera si las metas que cada quien se ha propuesto son realmente metas válidas y necesarias para su vida.
Nadie sabe a ciencia cierta cuánto vivirá, mucho menos cómo es que habrá de morir; por esa causa parece que es básicamente utópico conocer si nuestras metas, objetivos, o el sentido mismo de nuestra vida será cumplido al final de nuestros días.
En el libro de Eclesiastés (9:11), aquel libro bíblico que es corrosivamenre realista, nos presenta que esta vida tiene una peculiar cadencia que nos puede llevar indistintamente a circunstancias que no necesariamente dependen de nuestras fortalezas o habilidades, ni de nuestro esfuerzo directo:
"Me volví y vi debajo del sol, que ni es de los ligeros la carrera, ni la guerra de los fuertes, ni aun de los sabios el pan, ni de los prudentes las riquezas, ni de los elocuentes el favor; sino que tiempo y ocasión acontecen a todos."
En nuestros días se ha vuelto tan habitual entre los creyentes el hablar de las visiones, de las profecías, que nuestra vida será perfecta y con propósito después de efectuar 40 pasos, que parece olvidamos que lo principal de ella es, en esencia, que la vivamos en el creciente dinamismo de una fe vivaz. que se reconstituye día a día. No deberíamos necesitar una fórmula que nos diga, de forma cuasi matemática, lo ‘buenos’ que somos y que es lo que debemos esperar de Dios en consecuencia. Ni creo posible que se pueda lograr tal cosa.
Somos de occidente, nos gusta que las cosas operen de forma lógica y ordenada, con una ruta predeterminada. Aun a veces tendemos a pensar que Dios, actuará o permitirá ciertas cosas en nuestra vida, o evitará otras, si actuamos bajo cierto patrón de conducta que consideramos de su agrado. Evidentemente considero imperativo que nos esforcemos por hacer el bien al prójimo. Pero no estamos comprando nada con ello. Se nos ha enseñado que si somos ‘buenos’ entonces tendremos el derecho de exigir o reclamar o esperar sus bondades hacia nosotros. Sin embargo, por lo que se infiere de la Escritura, Dios no es un Dios que actúa de forma condicionada y simétrica. Él no está a nuestro servicio. como un gran bell boy cósmico. Es Su gracia incondicional la que actúa y no necesariamente lo hace de la forma que esperamos.
Cuando leo la historia del ‘hijo pródigo’ cada vez me conmuevo más por el profundo amor del Padre que recibió con los brazos abiertos al hijo desobediente, y cada vez me sorprendo más porque pareció ignorar al hijo cumplido que estuvo con él todo el tiempo. Seguramente nosotros haríamos exactamente lo contrario. Y lo contrario a veces lo suelen hacer, por ejemplo, algunos líderes con sus congregantes. Es lo que resulta más cómodo y práctico y se obtiene un beneficio seguro.
Jesús mismo actuó de formas inesperadas con las que desarmaba no solo a los que le atacaban, sino aun a sus discípulos y seguidores. Él rechazó acremente a los que se creían buenos, Él vino a los pecadores, a los marginados, a las prostitutas y a los enfermos. No sólo enfrentó a los religiosos fariseos sino que les manifestó una abierta hostilidad, aunque entre la sociedad de entonces nadie parecía esforzarse más por agradar a Dios y cumplir con la Ley que ellos. Ni siquiera actuó, me parece, con tanto ímpetu contra los tibios y liberales saduceos como contra los fariseos.
No es que Jesús actuara de una forma errática o en apariencia inestable, su consistencia y la integridad de sus acciones son tan evidentes que ellas le llevaron a la muerte. El no podría ser encasillado en un molde rígido de conducta: nació, vivió y murió de una forma tan singular como sólo a Él quizá se le podría haber permitido.
Encontrar, entonces, una fórmula sencilla e infalible para que nuestra vida se convierta en lo que anhelamos parece una tarea imposible. En cierta forma, y en un sentido bastante llano, quizá es un esfuerzo innecesario. No es que no sea valioso o necesario intentar o buscar algún sentido general en el rumbo de nuestra vida y de lo que esperamos de ella. Sin embargo, su carácter aleatorio nos obliga a mantenernos atentos, sensibles y adaptables a los cambios, a las nuevas decisiones que debemos tomar, lo que nos beneficia mucho más al proporcionarnos un sentido de transitoriedad, de peregrinaje ante la ruta de la vida. Por lo que, antes de venir a caer en un enfoque de vacío existencial acerca de lo que la vida es o parece ser, es útil pensar en que lo importante no es dónde estaremos o que haremos al final de ella, sino como es que enfrentaremos las circunstancias que la componen cada día.
Es decir, lo importante quizá no es, solamente, el cómo terminaremos nuestra vida o qué obtendremos durante ella, sino, además, cómo es que la vivimos; lo valioso de andar en esa ruta y la forma en la que El nos acompaña, recorriendo las adversidades cotidianas que nos permitirán crecer, ejercer nuestros dones o talentos y rescatar lo que tenemos atesorado en nuestro interior para los momentos más oscuros que seguramente llegarán. El desarrollar una fe dinámica y vivaz en medio de toda circunstancia, en un sentido de creciente incondicionalidad en nuestras relaciones seguro que enriquecera nuestro mundo y el de nuestros semejantes.








