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Algunas frases de Gilbert Keith Chesterton :
La iglesia nos pide que al entrar en ella nos quitemos el sombrero, no la cabeza.
Lo más increíble de los milagros es que ocurren.
Los enigmas de Dios son más satisfactorios que las soluciones de los hombres.
Cuando se deja de creer en Dios, enseguida se cree en cualquier cosa.
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Es común que al finalizar un año e iniciar el siguiente se promueva un momento de reflexión y autoevaluación en miras a definir expectativas y la planeación del año que viene.
En mi caso particular tengo un par de años que no realizo ese ‘autobalance regenerativo’ al iniciar el nuevo año. Considero que es impráctico tener una ‘medición’ de mi persona en una ‘frecuencia anual’ como si fuera un mero asunto empresarial de tipo fiscal con un balance de ingresos-egresos-utilidad bruta. Como si acaso la vida fuera un sistema de universo que pudiera controlarse bajo ciertas formulas o coordenadas específicas que quizá resulten en una gráfica que indique la ‘progresión’ de nuestra vida .
Es decir, en cierto sentido me parece saludable que se pueda tener una reflexión de esta naturaleza por lo menos una vez al año, es mejor que nada, pero en mi experiencia personal es difícil tener los ‘hilos conductores’ de mi vida como si fuera una marioneta que requiera calibración y mantenimiento general de forma anual.
La Vida, Ay la Vida -como alguien más ha dicho-, es tan singular y tan cambiante que sería impreciso creer que con algunos ajustes anuales podamos llegar al recaudo esperado. Y menos si pensamos que la mayoría de los propósitos de fin de año que la gente realiza es una suerte de lista de buenas intenciones de tipo genérico: bajar de peso, pasar mas tiempo con la familia, realizar los proyectos personales, comer más saludablemente, etc, etc.
Sin duda que hay algunas variables que en algún modo podemos considerar rectoras en nuestra vidas como por ejemplo: nuestra relación con Dios si es que acaso la tenemos, nuestra relación de pareja o matrimonial, la relación con nuestros hijos, nuestra situación laboral, nuestra situación de salud. Pero aún en ello, puede resulta bastante impreciso definir un estándar de medidas apropiadas como si fuera preparar la leche para la toma del bebé.
Es lógico entender que en nuestra forma de cultura tengamos la tendencia a intentar medir la vida en partes proporcionales: la parte de Dios aquí, la parte familiar acá, la parte laboral allá, y esta es mi parte personal, como si la interacción con las otras partes de nuestra vida fuera definida como una gráfica tipo pastel que pueda evaluarse en un balance de resultados de tipo casi matemático, científico.
¿No será esta forma un tanto esquizoide de fragmentar las áreas de nuestra vida la misma causa de los desordenes que deseamos corregir? Pienso que es muy probable que sí.
Contrario a lo que pudieras pensar no voy a escribir a continuación el nuevo y último método para hacer de tu vida lo que tu deseas que sea. Creo que ese es parte del problema que nos aqueja en este tiempo. La mayoría de las veces la gente desea fórmulas hechas, estándares que funcionen para todos y puedan aplicarse ’sin receta’ para su vida sin complicaciones adicionales. No es de extrañar cuando observamos que el modelo socio-económico en el que vivimos nos coacciona hacia esa tendencia.
Me parece que esta mentalidad de tipo reduccionista ha impedido ver la interrelación o más bien la relación intrínseca que existe entre todas las áreas de nuestra personalidad, las que son tan indivisibles como los somos nosotros mismos en espíritu, alma y cuerpo. En cierta forma parece hasta posible que pudieramos mecanizar nuestros comportamientos y actitudes para provocar o lograr el resultado esperado. En todo ello, es posible que por tratar de vivir de acuerdo a ciertos parámetros y metas estandarizadas de vida hayamos olvidado lo más importante de todo, vivir, simplemente vivir.
Por otro lado, quien puede decir ahora, al tratar de hacer un balance de nuestra vida que efectos podrán tener las cosas que calificamos como ‘buenas’ de este año y las que calificamos como ‘malas’. Es razonable que pensemos que tener una nueva casa sea lo mejor del año, u obtener un ascenso, o que perder el empleo sea lo peor. Sin duda que aquello que incrementa nuestra comodidad física será evaluado como algo mejor y lo que lo decrece sea considerado lo peor. Si lo pensamos despacio veremos que es una expectativa bastante hedonista de la vida. Por otro lado tampoco quiero mover el péndulo ideológico hacia una mentalidad estoicista, martirizada , sino a que no vivamos sujetos a ellas, a ninguna de las dos.
Dios nos creo de una forma única y especial, y actúa en nosotros con las múltiples formas de su gracia que si lo pensamos quedamente es paradójico que tengamos la tendencia a simplificar y a reducir en parámetros tan primarios los aspectos más importantes de nuestra polifacética vida. Es evidente que al Intentar medir la vida en parámetros de tiempo tan amplios como un año, dejamos reducido al polvo aquellos abundantes aspectos cotidianos que en verdad son los que la nutren constantemente. Situaciones tan momentáneas que pueden llegar a ser olvidables en el lapso de un año, pero que, sin embargo, en su calidad y frecuencia cotidiana tienen un gran peso específico en nuestra impresión y percepción de nuestra felicidad y sufrimiento.
La progresión en la búsqueda de estándares de vida mejores -desde el punto de vista de nuestra comodidad- quiza no es despreciable, pero lo será en la medida que perdamos de vista aquello para lo cual deseamos lograrlo. En palabras mas prácticas, lo importante no es solamente hacia donde nos dirigimos, sino en que forma vamos caminando hacia allá.
Creo que lo más valioso de este trayecto temporal que llamamos vida no es si cumplimos metas o propósitos más altos o más bajos, sino que en cada uno de ellos podamos apreciar las múltiples formas en las que Dios se permite acompañarnos, una vida de relación con El que no depende de las posesiones o de las circunstancias, que es perennemente incondicional, para vivirla, de ser posible, en compañía de aquellos que amamos y nos aman. Y no solo de nosotros sino de vivirla también con aquellos que le necesitan en todas los aspectos que El siempre hace falta.
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December 14th, 2009 · 7 Comments
Frases de Sören Kierkegaard:
El ser humano es una síntesis de lo temporal y lo eterno, de lo finito y lo infinito.
La vida no es un problema que tiene que ser resuelto, sino una realidad que debe ser experimentada.
La angustia es el vértigo de la libertad.
El caballero de la fe está solo en todo momento.
Toma consejo de tu enemigo.
El amor es sacrificio, éste sólo es posible cuando se emerge de sí propio para vivir en el otro.
La puerta de la felicidad se abre hacia dentro, hay que retirarse un poco para abrirla: si uno la empuja, la cierra cada vez más.
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December 14th, 2009 · 1 Comment
La vida es compleja. No tiene un derrotero definido y fijo al cuál seguir. Las circunstancias cotidianas se nos presentan de las más variadas formas conduciéndonos permanentemente a situaciones inesperadas, a la toma de decisiones y a la búsqueda de nuevos rumbos.
El anhelo de conocer lo que habrá de ser o de tener certezas para el día de mañana parece que es bastante primario en el corazón humano. La búsqueda de la voluntad divina ha sido uno de los fundamentos principales en los que se han sustentado las grandes religiones a través de la historia de la humanidad.
Es posible que en medio de alguna situación adversa nos encontremos tratando de buscar el sentido general de las cosas que pasan. Evidentemente tenemos mucho que aprender de los sucesos que enfrentamos día a día, una reflexión crítica acerca de lo que somos y hacemos es sumamente necesaria. Sin embargo, me parece que tratar de encontrar una fórmula sencilla que nos haga comprender como funciona la vida y como obtener las metas que queremos lograr en ella es infructuoso y prácticamente imposible. Me pregunto siquiera si las metas que cada quien se ha propuesto son realmente metas válidas y necesarias para su vida.
Nadie sabe a ciencia cierta cuánto vivirá, mucho menos cómo es que habrá de morir; por esa causa parece que es básicamente utópico conocer si nuestras metas, objetivos, o el sentido mismo de nuestra vida será cumplido al final de nuestros días.
El libro de Eclesiastés (9:11) nos presenta que la vida tiene una peculiar cadencia que nos puede llevar indistintamente a circunstancias que no necesariamente dependen de nuestras fortalezas o habilidades:
"Me volví y vi debajo del sol, que ni es de los ligeros la carrera, ni la guerra de los fuertes, ni aun de los sabios el pan, ni de los prudentes las riquezas, ni de los elocuentes el favor; sino que tiempo y ocasión acontecen a todos."
En nuestros días se ha vuelto tan habitual entre los cristianos el hablar de visiones, profecías, que nuestra vida será perfecta y con propósito después de efectuar 40 pasos, que parece olvidamos que lo principal de ella es, en esencia, que la vivamos con fe. No deberíamos necesitar una fórmula que nos diga, de forma cuasi matemática, lo buenos que somos y que es lo que debemos esperar de Dios en consecuencia. Ni creo posible que se pueda lograr tal cosa.
Somos de occidente, nos gusta que las cosas operen de forma lógica y ordenada, con una ruta predeterminada. Aun a veces tendemos a pensar que Dios actuará o permitirá ciertas cosas en nuestra vida, o evitará otras, si actuamos bajo cierto patrón de conducta que consideramos de su agrado. Evidentemente considero imperativo que nos esforcemos por hacer el bien. Pero no estamos comprando nada con ello. Se nos ha enseñado que si somos ‘buenos’ entonces tendremos el derecho de exigir o reclamar o esperar sus bondades hacia nosotros. Sin embargo, por lo que se infiere de la Escritura, Dios no es un Dios que actúa de forma condicionada y simétrica. Él no está a nuestro servicio. Es Su gracia la que actúa.
Cuando leo la historia del ‘hijo pródigo’ cada vez me conmuevo más por el profundo amor del Padre que recibió con los brazos abiertos al hijo desobediente, y cada vez me sorprendo más porque pareció ignorar al hijo cumplido que estuvo con él todo el tiempo. Seguramente nosotros haríamos exactamente lo contrario. Y lo contrario a veces lo suelen hacer algunos líderes con sus congregantes. Es lo que resulta más cómodo y práctico.
Jesús mismo actuó de formas inesperadas con las que desarmaba no solo a los que le atacaban, sino aun a sus discípulos y seguidores. Él rechazó acremente a los que se creían buenos, Él vino a los pecadores, a los marginados, a las prostitutas y los enfermos. No sólo enfrentó a los religiosos fariseos sino que les manifestó una abierta hostilidad, aunque entre la sociedad de entonces nadie parecía esforzarse más por agradar a Dios y cumplir con la Ley que ellos. Ni siquiera actuó con tanto ímpetu contra los tibios y liberales saduceos como contra los fariseos.
No es que Jesús actuara de una forma errática o en apariencia inestable, su congruencia y la integridad de sus acciones son tan evidentes que ellas le llevaron a la muerte. Jesús no podría ser encasillado en un molde rígido de conducta: nació, vivió y murió de una forma tan singular como sólo a Él quizá se le podría haber permitido.
Encontrar, entonces, una fórmula sencilla e infalible para que nuestra vida se convierta en lo que anhelamos parece una tarea imposible. En cierta forma quizá es un esfuerzo innecesario. Pues, antes de venir a caer en un enfoque de vacío existencial acerca de lo que la vida es o parece ser, es útil pensar en que lo importante no es dónde estaremos o que haremos al final de ella, sino como es que enfrentaremos las circunstancias que la componen cada día.
Es decir, lo importante quizá no es el cómo terminaremos nuestra vida o qué obtendremos durante ella, sino, más bien, cómo es que la vivimos: Lo valioso de andar en esa ruta que es la vida y la forma en la que El nos acompaña, recorriendo las adversidades cotidianas que nos permitirán crecer, ejercer nuestros dones o talentos y rescatar lo que tenemos atesorado en nuestro interior para los momentos más oscuros. Pero sobre todo, que podamos desarrollar una fe dinámica y vivaz en medio de toda circunstancia, la fe con la que estamos asidos por Su sola presencia.
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